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Las víctimas mudas J. M. Coetzee

Algo se ha enviciado de mala manera en las relaciones entre los seres humanos y otros animales, y no se trata únicamente de que lo señalen las organizaciones que se dedican a promover el bienestar de los animales y la protección de sus derechos. Un amplio sector del público está también preocupado.

Incluso entre la gente que sigue el ejemplo del Génesis, en su aserción de que Dios nos ha dado el dominio sobre las bestias para que podamos alimentarnos, persisten las dudas sobre si la producción industrial de animales de granja y un sector alimentario que opera en una escala industrial con el fin de convertir a animales vivos en lo que, de manera eufemística, denominan “productos animales”, representan lo que Dios tenía en sus designios.

Así pues, no es para nada irrazonable que las organizaciones de defensa de los derechos de los animales busquen dar voz a las (por definición) víctimas mudas de la industria alimentaria, apuntando a la producción industrial de animales de granja, al tiempo que no ignoran otras prácticas -el uso de animales en experimentos de laboratorio, por ejemplo, o el comercio de animales salvajes exóticos, o la comercialización de las pieles- que pudieran igualmente ser condenadas por crueles e inhumanas.

La transformación de los animales en unidades productivas se remonta a fines del siglo XIX.

Desde entonces hemos recibido un aviso, potente y claro, de que hay algo profunda, es más, universalmente erróneo, en la utilización de métodos industriales para matar a criaturas congéneres en una escala industrial.

Transcurridas varias décadas del siglo XX, un grupo de alemanes tuvo la idea de adaptar los métodos del corral industrial, tal y como los habían iniciado y perfeccionado en Chicago, a la matanza -o tal y como ellos lo prefirieron denominar, el procesamiento- de seres humanos.

Cuando, ya tarde, descubrimos lo que los nazis habían estado haciendo, clamamos horrorizados. “¡Qué crimen tan terrible, tratar a los seres humanos como ganado!”, gritamos. “¡Si lo hubiéramos sabido de antemano!”

Pero para ser más precisos, nuestro clamor debiera haber sido: “¡Qué crimen tan terrible, tratar a seres humanos vivos como unidades de un proceso industrial!”

Y nuestro clamor bien pudiera haber tenido un epílogo: “¡Qué crimen tan terrible, ahora que lo pensamos, tratar a cualquier ser vivo como unidad de un proceso industrial!”

Los grupos de protección de los derechos de los animales trabajan por conseguir la mejora de las condiciones en las que aquellos pasan sus vidas. Algunos grupos trabajan, a más largo plazo, por la abolición de la producción industrial de animales de granja.

En el caso de Voiceless, el grupo de protección de animales que fundó la familia Sherman en 2004, el método no es la acción directa, sino la persuasión. Sus persuasivos esfuerzos van dirigidos a la vasta mayoría del público que sabe y no sabe que algo malo está pasando, algo que apesta y cuyo mal olor llega hasta el cielo. Voiceless les ofrece a esas personas opciones prácticas respecto a qué hacer después de sentir repugnancia, con un simple atisbo de las vidas que llevan los animales de granjas-factorías, y las muertes que los animales mueren.

La producción industrial de animales de granja es un fenómeno reciente, ciertamente muy nuevo en la historia de la cría de ganado. La buena noticia es que, tras décadas de expansión irrestricta, el sector se ha visto obligado a ponerse a la defensiva. Las actividades de organizaciones como Voiceless han desplazado la responsabilidad hacia el sector, exigiéndoles que justifiquen sus prácticas. Y puesto que sus prácticas son indefendibles e injustificables, excepto por exiguas razones económicas, el sector está capeando el temporal a la espera de que amaine la tormenta. Por lo tanto, en tanto que se produjo una guerra en el ámbito de las relaciones públicas, se trata de una guerra que el sector ya ha perdido.

La tarea de las organizaciones que defienden los derechos de los animales es demostrarles a las personas que sí existen alternativas a la industria de los productos animales, que dichas alternativas no tienen por qué implicar sacrificios en términos de salud y nutrición, que no existe ninguna razón por la cual estas alternativas tienen que ser costosas, y además, que los sacrificios a los que se apela no lo son de ninguna manera -que en todo este escenario, los únicos sacrificios son los que están haciendo los animales no humanos.

Basta una ojeada al interior de un matadero para convertir a un niño en vegetariano de por vida.

A este respecto, los niños son los que nos aportan la más luminosa esperanza. Si se les da un resquicio de oportunidad, los niños saben ver a través de las mentiras con las cuales los publicistas los bombardean (esos pollos felices que se transforman por arte de magia en ‘nuggets’). Basta una ojeada al interior de un matadero para convertir a un niño en vegetariano de por vida.

Fuente:http://hermanocerdo.com/2012/02/las-victimas-mudas/

J. M. Coetzee

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